Todo en esta vida se basa en competiciones, batallas, debemos luchar por conseguir nuestras metas, nuestros sueños. Nosotros debemos ser los dueños de nuestro destino y por ello, luchamos por lo que queremos. A veces, en esas batallas, salimos perdedores y es ahí donde quedan las cicatrices de guerra. Pero no debemos avergonzarnos por tenerlas, porque eso significa que hemos estado en esas batallas, hemos plantado frente y hemos sobrevivido, lo que nos hace más fuerte.
Un día, te paras delante del espejo y las observas, puedes recordar perfectamente cuando, donde y a la hora que se quedaron marcadas en ti. No las miras con rabia, las miras con nostalgia, porque todas te han enseñado algo. La que tienes en el brazo, te recuerda que no debes rechazar la ayuda de los que te ofrecían acompañarte en el camino, pero que tampoco debes esperar a los que te separan de él. La que tienes en la pierna, te recuerda que si corres, llegas antes al suelo, que es mejor un paso firme y seguro y esa que está justo en la barbilla, es a la que más cariño le tienes, porque esa es la que te dice, que siempre debes ir con la cabeza alta, porque si tú crees en tu sueño, los demás también lo harán, no debes dejar que los demás decidan por ti. Lucha por tu sueño y algún día, será tuyo.