Antes que nada, perdona si huele un poco a cerrado, hacía mucho
tiempo que nadie se alojaba aquí, y menos aún con la intención de
quedarse. Ábreme bien de puertas y ventanas. Que corra el aire, que
entre tu luz, que pinten algo los colores, que a este azul se le suba el
rojo que hoy nos vamos a poner moraos. Y hablando de ponerse, vete
poniendo cómoda, que estás en tu casa. Yo, por mi parte, lo he dejado
todo dispuesto para no quieras mudarte ya más. Puedes dejar tus cosas
aquí, entre los años que te busqué y los que te pienso seguir
encontrando. Los primeros están llenos de errores, los segundos, teñidos
de ganas de no equivocarme otra vez. El espacio es tan acojedor como me
permite mi honestidad. Ni muy pequeño como para sentirse cómodo, ni
demasiado grande como para meter mentiras. Mis recuerdos, los dejé todos
esparcidos por ahí, en cajas de zapatos gastados y cansado de merodear
por vidas ajenas. No pises aún, que está fregado con lágrimas recientes,
y podrías resbalar. Yo te aviso. El interruptor general de corriente
está conectado a cada una de tus sonrisas. Intenta administrarlas bien y
no reírte demasiado a carcajadas, no vayas a fundirlo de sopetón. No sé
si te lo había comentado antes, pero la estufa la pones tú. Y hablando
del tema, he intentado que la temperatura del agua siempre estuviera a
tu gusto, pero si de vez en cuando notas un jarro de agua fría, eso es
que se me ha ido la mano con el calentador. Sal y vuelve pasados unos
minutos.
R. Mejide